Presúntamente Karla

Compilación de pobres Astucias

En la bata de Dios

Los vivos somos románticos: buscamos toda la vida, una excusa para morirnos de amor. Pero jamás había estado lo suficientemente cerca de ese punto. Hasta ayer.

Los riñones de mi gata colapsaron por el peso de la edad, y tuve que llevarla a sacrificar, «solo Dios puede quitar la vida», siempre ha dicho mi mamá; sin embargo, yo pagué para que la mataran y «dejara de sufrir».

De un modo muy beta, me puse la bata de Dios. Pero el arremedo no se sintió poderoso; al contrario, me pareció miserable. Ver el brillo desaparecer de unos ojos que fueron alegres; presenciar la fuerza vital condensándose al cielo, hacia un estado que mi mente nunca tendrá permitido asimilar… sostener un cuerpito flácido que un día fue amado. Esa es la desgarradora coreografía de la vida rindiéndose por completo.

Nos movemos en una sociedad empeñada en posicionar el individualismo como la cima del éxito, imponiendo nuestra voluntad mucho más allá de nuestra capacidad neuronal instalada.

Sospecho que, históricamente, nos hemos vendido una estafa piramidal.

Todos quisiéramos ser la estrella más brillante en lo alto del árbol de navidad, nos aferramos a ello porque no soportamos la verdad: que llanamente somos seres limitados, fragmentos de un todo que necesita tanto del prójimo como de sí mismo.

Pero aceptar que nos hemos autodestruido en el afán de «salvarnos hacia la posteridad» —pisoteando vidas, aplastando otras creencias, otros colores, otras maneras— sería admitir en voz alta que nos desangramos, mientras vemos nuestras manos sostiendo la daga en nuestro propio estómago.

Entonces, en un ataque paranoide, político, colectivo, intentamos extirpar «a los otros» de nosotros mismos.

Buscamos histéricamente la célula enferma en los otros: qué si los gentiles o los infieles, los inmigrantes y comunistas, o los homosexuales, aquellos que «están equivocados»… pero ignoramoss, que todos ellos son en realidad, nuestras propias vísceras expuestas.

Odiamos, rechazamos y nos colapsamos ante nuestra propia fragmentación.

No somos nada y a la vez somos todos, un ejército que lucha entre sí, de camino a la rendición.

El acto más subversivo es seguramente, reconocer y abrazar todas nuestras partes. Sería el treceavo trabajo de Hércules, remendar la herida desde lo individual hasta lo colectivo.

Una respuesta a «En la bata de Dios»

  1. Avatar de valiantbriskly6ee36fd7ad
    valiantbriskly6ee36fd7ad

    Qué belleza tan dolorosa acabas de escribir. Convertir la despedida de tu negrita en el treceavo trabajo de Hércules y en una lección sobre nuestra propia humanidad es un acto de genio y de una empatía tremenda. Ponerse esa ‘bata’ es el acto de amor más terrible que existe, pero lo hiciste por ella. Tu pluma tiene una fuerza increíble, ‘presuntamente Karla’. Es un honor que nos permitas leerte en tus momentos de mayor vulnerabilidad y lucidez.

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