Particularidad

¿Han sentido la soledad de la particularidad?

Eso se siente como no encontrar con quién compartir la pasión por los ideales qué realmente nos hacen vibrar.

Cuando cumplí 11 años, empecé a sentir mucha curiosidad por las nubes y el cielo.

Entonces pensaba que las nubes sobre mi cabeza, eran quizá un salvapantallas de un gran aparato de comunicación, y que en algún momento alguien podría encender el cielo para transmitir algún mensaje.

Así que empecé a cargar conmigo un cuadernucho, qué se suponía muy importante, pues ahí anotaba mis “hallazgos” ante las grandes preguntas de la vida, como: ¿Quién soy?

Si me llevaban a una fiesta, me apartaba para escribir «mis súper análisis sociológicos y existenciales». 

Por más que trataba de conectar con las personas, era muy incómodo el silencio qué generaba al hablar, en el colegio se puso peor y por ese motivo me mandaron con la orientadora, así que pronto dejé de vibrar hablando de las cosas que me inspiraban.

Mi manera extraña de pensar y de hablar, fueron una causa constante de vergüenza. Para no asustar, aprendí a quedarme callada .

Hasta que un día, una ex pareja me presentó ante unas personas y me describió, como: “una mujer sencilla y reservada”, en ese momento no comprendí lo que aquello implicaba, pero el impacto fue nuclear y el eco sombrío de aquella frase me mantuvo en rigor mortis un par de años.

Fue difícil abrazar mi forma compleja de expresarme, mis intereses pasados de moda, mis estándares idealistas, mi profunda forma de amar, mi pasión desmesurada por la introspección, mi sed visceral por intercambiar ideas y mi curiosidad casi patológica.

No hay dos almas iguales, conocer a otros que vibren con sus excentricidades es algo que amo contemplar y respeto con toda el alma esa valentía.

No debería preocuparnos tanto ser socialmente aceptados, debería preocuparnos más sembrar un bambú en una maceta y ser capaces de dormir tranquilos por las noches ignorando su grandeza.

Perder el miedo de “volvernos locos”, orbitar la vida al compas de nuestra particularidad, abrazar lo que nos hace únicos, vale la pena correr el riesgo de quedarnos solos, si al menos logramos «estirar las piernas».

Quizá somos una cuerda que espera vibrar su nota para formar parte de una gran canción, o solo un proceso orgánico inconceptualizable, que aunque es cíclico resulta irrepetible.

La tarea es solo descubrir nuestra propia forma: de bailar, de masticar, de contar historias, de inténtarlo de nuevo. Atrevernos a generar una propuesta imperfecta de vivir, la autenticidad es la única forma posible de firmar el acta que trasciende el tiempo y el espacio. 

Ardamos en pasión como una estrella, que el brillo de esa llama ilumine por completo nuestros ojos y todo lo que ellos observan

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