Lo que en realidad quise, fue tripular un barco.
Irme sin decir adiós, comulgar con el mar.
Enfrentar tormentas implacables,
obturar mi mirada bajo cortinas de agua con sal.
verla desfilando como una novia en medio de ese retumbar.
Por qué, no sé.
Puertos sin trópico me persiguen en sueños,
tristes despedidas.
Solemnidades heladas como el oceáno polar,
sonidos del chello, sonidos del mar.
Mi fascinación por las olas gigantes es absoluta,
quisiera que así fuera mi fin,
fundirme en una ola monumental,
caer oscilando como una moneda,
y ver desde el fondo la luz geométrica
del más allá,
contemplar desde el tapete marino,
la versión natural,
de los vitrales perfectos de Sainte-Chapelle.
Incluso a veces lo anhelo despierta,
subir la escotilla de un viejo barco,
bajar a lo oscuro
sentarme a llorar,
llorar porque sí,
por toda la gente que una vez se tragó el mar.
Pero no hay un barco suficientemente viejo,
no hay barco suficientemente grande.
Son solo sueños borrosos, es solo la espuma del mar.



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