Deja que arda la llama, que se consuma la vela, que todo lo invada la cera, castillos de espelma.

Cambia la forma con contundencia, no hay más, no hay un punto intermedio ante la transformación, la madurez del espíritu es cruento.

Se procesa en silencio la violencia de los hechos, de los años, de la comprensión dolorosa de condición humana.

Muda de exoesqueleto, en silencio asimila el sutil drama, drama del individuo, por saberse una cosa distinta a la que se pensaba.

A veces mejor, a veces peor.

Un día, ya no cabemos más en nuestra propia piel y sin más, nos vemos expulsados de nosotros mismos.

Entonces corresponde volver a nacer.

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