La rebelión de las hormigas

¿Guerrera? Tu madre.

¿Princesa? Tu abuela.

Tengo fe, en que ya no tu hija,

ni tu amante.

¿Has visto el derrumbe de una anciana?

Aludes de peros, de tienes, de noes,

de debes…

No me interesa ser princesa.

No me interesa ser guerrera.

Y menos la mezcla abominable de las dos.

El surgimiento de ambos ideales,

debió haber sido cosa de algún perturbado.

Porque yo solo deseo transitar senderos amables,

de hojas blandas y lodos frescos.

Despeinarme,

apreciar la maravilla del musgo,

llenarme las uñas de tierra.

La vida no se endereza a martillazos,

por mucho que una se crea martillo.

Nos mintieron

El sufrimiento no ennoblece.

El sufrimiento nos pudre,

veo a mis mujeres llenas de moho

y en sus costosos silencios dorados,

anidan estruendosas amarguras.

Se niegan a abortar,

un sufrimiento en gestación,

de hace años,

de hace vidas.

El sufrimiento, es solo un pañuelo prestado,

que una vez usado,

se debe devolver.

Mas, así las cosas,

nos han enseñado a atesorarlo para siempre.

Lo aplanchamos, lo doblamos,

lo contemplamos,

como símbolo de una «feminidad» de catálogo.

El sufrimiento,

por más espeso que sea,

nunca ha logrado tapar las grietas de nada, ni de nadie.

Nos han mentido tanto,

no tenemos la cura,

no podemos evitar que el mundo explote,

podemos ser nadie,

podemos dedicarnos tiempo completo a sonreír,

a recoger flores.

Podemos mujeres,

dejarnos caer dulcemente,

en cualquier momento,

solo para esperar en silencio,

la inevitable,

rebelión de las hormigas.

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