Vinimos al mundo con la piel expuesta, expusimos en un grito hasta el cielo de la boca.
Expusimos nuestras lágrimas, nuestros órganos genitales, nuestras manos al querer tocar aquel otro ser que nos miró con ternura. La naturaleza nos entregó al mundo en la más elevada, cruel y hermosa vulnerabilidad.
Con suerte, aprendemos a confiar. La mayoría, aprende en la niñez que no importa cuantas veces te rompas las rodillas, siempre habrá alguien que te cure y te bese.
Será por eso que con ínfulas de inmortales, nos lanzamos en la adolescencia pensando que cualquier golpe será tan fácil de curar como los raspones de las caídas en patines.
Cada día que pasa, no sé… uno se vuelve más reflexivo, más cauto, más analítico o quizá solo es que por fin uno logró comprobar que el fuego quema, tal y como siempre nos dijeron los mayores.
Bienvenido, te has vuelto mayor. Sentiste el fuego y ante los puños de la vida, te has ido arrinconando y tratas de quedarte lo más quieto posible, quizá esperando a pasar desapercibido y la verdad es muy gracioso, tal vez uno intenta no provocar a la vida.
Has ido aprendiendo a tenerle respeto, mucho respeto, miedo.
A veces decidimos vivir la vida en posición fetal y justificadamente, porque asusta reconocer que la vida va en serio, que la crueldad de la realidad supera a la de la ficción. Pero es más escalofriante, dejar ir la intrepidez, el avivamiento de la sangre, la libertad de tocar y ser tocado. Más espeluznante que la crueldad misma, es pretender esconder la grandeza de los sentimientos que llevamos dentro, solo por el temor a sentir. Más aversivo es esconder las bondades del alma y dejar que esta se acartone mientras escurre lo que duele.
Porque hay una realidad, la vida te abate y como todo en la naturaleza, nuestro cuerpo y nuestro ser, se defienden y salen a combatir el dolor. Lamentablemente y por default nuestro sistema operativo ejecuta el software “monkey see, monkey do”, e inconscientemente aprendemos a imitar aquellas acciones que nos han causado daño y no por maldad, a veces ni siquiera por venganza, sino por instinto de sobrevivencia. Pero he ahí la grandeza del ser humano, que es capaz de racionalizar sus comportamientos predecibles, primitivos, y como mucha gente hermosa que he tengo el honor de conocer, uno puede decidir recorrer la otra vía, seguir amando, seguir entregando siempre y a todos lo mejor de uno, por convicción de cimentar en la constancia una mejor versión de nosotros mismos.
Experimentar la libertad de sentir, de amar, de equivocarse, para poder abriste a la espontaneidad de la vida, porque la vida se trata simplemente de tocar y ser tocado.
Y como bien lo dijo George Orwell, lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano.



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