Mi incompatible concepto de lo sexy, consigue engancharme con mayor facilidad de los muertos que de los vivos, sin competir con los necrófilos, puesto que más allá de la carne, me cautivan las ideas, es que suele suceder que los autores que leo han dejado este plano, décadas atrás.
Con normalidad padezco de una apatía por lo bueno y sólo consigue atraerme lo fuera de serie, lo excéntrico, lo auténtico, aquello que logre demostrar un concepto ingenioso en una simple línea.
Para mí un cuerpo es sólo un cuerpo con más o menos arrugas, con más o menos masa muscular, con más o menos pelo, con más o menos panza, la belleza o la fealdad carecen de relevancia ante un hombre que se ha pulido a sí mismo.
Esta fijación resulta ser interesantísima de analizar, pero incompatible con la realidad, es como sí las personas fueran libros andantes y tuviese que seleccionar uno que me sorprenda, lo cual a esta altura, es difícil hasta para Kindle.
La claridad conceptual, los hilos conductores hábilmente planificados, el ingenio, la simpleza para desarrollar los párrafos medulares, el contexto en el que esa persona imprima sus pasos, sus diálogos, los chistes finamente engarzados en los labios, el conocimiento de lo propio, son construcciones que de la noche a la mañana no se pueden improvisar.
Hace años que me hice a la idea, de que mi tipo de hombre, es más probable que lo encuentre sembrado en algún parque, que andando por la calle.
No es tan descabellado, al final un árbol tiene atributos que mujeres como yo valoramos en demasía: proveen sensación de seguridad y permanencia, siempre dan lo mejor de sí, trabajan cada día por su desarrollo propio y el de los demás y con su presencia te hacen la vida más bonita.
Mientras tanto me preservaré en vino, me empacaré al vacío entre exhalaciones profundas y largas jornadas laborales, lo cual hago con mucho placer, lo vivo con humor, con plenitud porque estoy consciente de cuanto miedo me genera pensar que en algún rincón exista ese buen libro andante y que este quizá pueda superar mi destreza como lectora, temo que mi realidad ecuánime y sensata pierda plusvalía, además temo topármelo en media calle y comerme hasta sus huesos.
Por esto, me refugio en la improbabilidad de su existencia, en repasar las noches redactando mi propio libro. Plantaré un árbol, mientras me gasto los sábados en encuentros textuales, de esquinas dobladas.
Karla G.



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